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martes, 14 de agosto de 2012

Una idea y 140 caracteres


por Mariano Rovatti

“No hay ideas”. “Nadie formula propuestas”. “No se elaboran planes alternativos”. Quejas frecuentes en el ámbito de la política argentina, donde todo se va resolviendo sobre la marcha, tanto en el gobierno como en la oposición. Pero ¿hay alguien dispuesto a leer una propuesta? ¿quién se toma el trabajo de leer un documento de diez carillas? ¿hay personas que cotejen ideas? ¿la imagen ha sustituido a la idea?  ¿vale la pena el esfuerzo de plasmar conceptos en palabras escritas? ¿puede un libro ser sustituido por un video? ¿puede ser reemplazado el papel por la tecnología on line?

La multiplicación de los medios de comunicación aumentó exponencial –y a veces- artificialmente el material informativo. Todos nos vemos bombardeados por abundante cantidad de noticias, comentarios, operaciones mediáticas, etc.

Además, para las personas que trabajan, el tiempo libre es cada vez más escaso, por lo que se reduce sustancialmente el tiempo disponible para la lectura de textos con cierta profundidad.

¿Cómo hacer para ganar la atención del lector? La competencia es feroz ante el material de lectura disponible en diarios, revistas, libros, Internet, y entre éstos y la radio y la televisión.

Esta situación exige al redactor un brutal poder de síntesis, sacrificando profundidad de análisis en pos de llegar a despertar interés en el destinatario.

Pero también –a veces- es necesaria determinada extensión en el análisis para explicar y entender un problema, debiéndose apuntar alto en el nivel del mensaje. Cuando ello es indispensable, hay que admitir que gran parte del público quedará al margen del mismo.

El riesgo de ésto es banalizar los temas, tratándose cuestiones de fondo de manera liviana. Es muy difícil evitar este inconveniente, sobre todo cuando también se verifica un deterioro del nivel cultural promedio de la población.

Para el mundo de la política, el desafío no es optar entre una forma u otra de decir, sino en desarrollar un plan integral de comunicación de contenidos a través de todos los medios disponibles: libros, diarios, revistas, televisión, radio, Internet…y dentro de ésta, las versiones on line de todas las demás, más las redes sociales, lugar de encuentro virtual de miles de personas de todo el mundo en simultáneo.

Facebook representa un extremo basado en la imagen, y Twitter en la palabra, en su mínima expresión. En la Argentina, el kirchnerismo, el macrismo y el sciolismo le han sacado ventaja al resto en esa tendencia, que a la vez también ha sido funcional a un proceso de pérdida de compromiso de la clase dirigente con valores, ideales y principios. Cuanto menos se diga, menos se compromete, pero también cuanto más se dice menos se logra llegar al destinatario.

Por ello, mal que nos pese, la cualidad de expresar conceptos simbólicamente a través de imágenes y/o de una sola frase debe ser explorada y desarrollada por cualquier proyecto político con ambiciones de poder. 

sábado, 16 de junio de 2012

Las palabras y la realidad


Por Juan Maya

El lenguaje es visto por los teóricos como un juego o una diversidad de juegos que reflejan la relación entre las personas. Quizás Ludwig Wittgenstein haya sido el filósofo que más desarrolló el tema. En su libro “Las Investigaciones Filosóficas” Wittgenstein abandona el ideal de un lenguaje perfecto y desarrolla la idea de que el significado está en el uso que se hace de las palabras que constituyen u determinado lenguaje, establecen una manera de actuar, de comportarse y, de alguna manera, constituyen una forma de vida determinada.

En los últimos días en la Argentina se escucharon una serie de palabras que tienen un peso específico y resuenan de una manera particular en cada uno de nosotros. Esas palabras son: Coima, devaluación, dólar paralelo, pesificación, cacerolazos, Inflación, impuestazo, violencia, patotas. Cada una de estas palabras tienen un significado en la mente de los argentinos.  Son palabras que golpean nuestros oídos con una furia provocadora de una angustia interminable. Estas palabras nos hacen pensar en una idea, como en el 2001, son ellos o nosotros.

Hay que acostumbrarnos a pensar en pesos decretó el verborrágico Aníbal Fernández. Para Abal Medina “hay que avanzar con la desdolarización” El jefe de la bancada de diputados del kirchenrismo, Agustín Rossi dice que se trata  de “una batalla cultural”.

En nombre de la recuperación económica y de la gobernabilidad se aceptó que el gobierno fuera avanzando sobre los derechos individuales. Hay control sobre la compra de dólares pero la presidente tiene “ahorros” por más de 3 millones de la verde moneda.  Para viajar fuera del país hay que llenar interminables formularios informando el propósito del viaje y comprar 10 dólares para los gastos en el exterior es una tarea casi imposible. Ni hablar si se quiere comprar o vender una propiedad. Cualquier parecido con la Cuba castrista no parece muy antojadiza.  Sin embargo somos libres,  podemos elegir el banco que nos exprime, la cadena de televisión que nos embrutezca, la petrolera que nos esquilme, la comida que nos envenene, la red telefónica que nos robe, el informador que nos desinforme y la opción política que nos decepcione...Pareciera que estamos rodeados y como en jaque. En lo inmediato y cotidiano nos movemos entre estas opciones. Hay que zarandear muchísimo y con paciencia en la vida para encontrar algo pequeño de lo macro-social que nos enriquezca, que nos permita mantener la esperanza.

Y  volviendo al lenguaje, algunos gritan las palabras porque ya no tienen argumentos: “yo con mi plata hago lo que quiero” y a nadie le importa nada, “no vendo mis dólares” le dijo un furioso Aníbal Fernández a la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú. Gritan pues ya no tienen argumentos, es el primer síntoma. Según Wittgenstein, las palabras designan y ponen de relieve lo que está ocurriendo en una determina situación. No hay duda que Fernández y todo el arco oficialista está crispado, sus palabras son crispadas y algunos hasta deliran como Guillermo Moreno, el “angoleño” y secretario de comercio está convencido de que “estamos cerquita de la revolución”. Si quizás tenga razón, los crecientes cacerolazos pueden marcar un principio de la indignación que se extiende ya a lo largo y a lo ancho del territorio. La película continuará…..

miércoles, 23 de mayo de 2012

El atril de la palabra oficial


por Orlando Novara

La postal de nuestra presidenta Cristina Kirchner parada frente al atril predicando casi cotidianamente sobre los temas más diversos, podría ser la imagen más representativa de su gestión de gobierno. A ella le gusta hablar y lo hace bien. Incluso cuando apela a sus informales ocurrencias que no por estudiadas dejan de parecer espontáneas. 



En materia discursos presidenciales hace ya tiempo que a batido todos los récords. Pese a ello se filtra una profunda limitación. Elocuente pero solitaria, prolífera y unilateral la palabra oficial es más bien monárquica: exige silencio, reina pero no dialoga.

Las exposiciones presidenciales están cuidadas hasta el último detalle incluido el público aplaudidor que accede a la Casa Rosada; una pléyade de funcionarios y allegados que religiosamente cumplen con un rito que ahora, como en Angola, también se empezó a trasladar al exterior. Para que estas disertaciones no sean, como son, una mera puesta en escena, deberían estar seguidas de una interlocución no condicionada con periodistas. Las preguntas de estos aquí y en cualquier lugar del mundo reflejan a la sociedad en sus legítimos interrogantes frente a lo que se propone.

Salvo situaciones excepcionales y/o episódicas el pueblo en estas situaciones interroga y dialoga con el poder a través del periodismo, del mismo modo que delibera y gobierna a través de sus representantes. El intercambio libre y fluido de la prensa con aquellos que gobiernan, posibilita ampliar y profundizar sus argumentos pero, también, puede poner a prueba la solvencia y sustentabilidad de sus relatos. Y es esta última la razón por la cual los Kirchner jamás toleraron una conferencia de prensa. Su secretismo es de alto voltaje y explica porque ni siquiera realizan reuniones de gabinetes con sus propios ministros.
Ese rechazo casi visceral a las conferencias de prensa los Kirchner la traen desde que gobernaban Santa Cruz, una provincia en la que a lo largo de los años lograron colonizar la prensa oral y escrita. Con el dinero público de la publicidad provincial hasta pudieron montar un diario local. Colocaron al frente del mismo a su chofer de confianza y lo usaron como medio de difusión y propaganda de su gestión bloqueando cualquier voz disidente. El rédito de la experiencia los marcó para siempre. Para ellos los hombres y mujeres de prensa son poco menos que mercenarios y confunden el periodismo con la propaganda.

Pero el periodismo, a igual que la democracia, aunque goce de imperfecciones es un componente sustancial de la misma y ninguna sociedad moderna puede soslayarlo. Los nutrientes que les da vida son la libertad de expresión y el espíritu crítico. Este último puede coincidir o no con las afirmaciones que emanan del poder y es por ello que puede interpelarlo. La esencia de la propaganda, en cambio, por definición es apologética. Se limita a mejorar las bondades de la palabra oficial aun cuando esta desvirtúe la verdad.
     
En un reciente programa televisivo un centenar de periodistas denunciaron a viva vos su derecho a preguntar. Un hecho bochornoso para el gobierno pero que, por supuesto, no se ha dignado contestar. Las preguntas, sin duda, molestan al gobierno, pero mucho más le preocupa las denuncias e investigaciones que sin libertad, para la prensa y los medios de comunicación, tendrían mucha más dificultades para salir a la luz. Justamente por eso aunque aún es posible el ejercicio de la libertad de expresión, también es cierto que el Poder Ejecutivo hoy la está condicionando y amenazando por distintos mecanismos.

Aunque sea muy conocido no está de más recordar que tanto las emisoras televisivas como las radiales no cobran a los usuarios sus servicios de un modo directo sino que lo hacen a través de la publicidad. Las publicaciones, de la misma manera, casi nunca cubren sus costos por el precio de tapa de los diarios y revistas. Para los medios de comunicación, entonces, los ingresos publicitarios son como el oxígeno y es por allí por donde se los condiciona.

En el 2011 los gastos por la publicidad oficial alcanzaron los 350.000.000 de dólares. Esta cifra sin precedentes, a igual que la de los años anteriores, la administra el gobierno en su favor pero la pagan todos los argentinos sin distinción (tanto los que los votaron como los que no) porque se cubren con partidas del presupuesto nacional. La distribución arbitraria y discrecional de esta enorme pauta publicitaria oficial es la que les ha permitido crear varios grupos multimedia propios, subordinar a otros preexistentes y castigar o procurar ahogar a quienes no se allanan al relato de la palabra oficial.  

Los grupos mediáticos del oficialismo reciben el 98 % de los ingresos publicitarios de la pauta oficial contra el 2% otorgado a los medios opositores como el Grupo Clarín, La Nación y editorial Perfil. El conjunto de estos tres  últimos reciben ingresos de publicidad pública 10 veces menor que el uno de los multimedios oficialistas (Szpolski-Garfunkel). Estas diferencias no son nada desdeñables si se considera el enorme peso que tiene el Estado en las cuentas publicitarias. Más aún si se tiene en cuenta que los gastos del kirchnerismo en el rubro aumentaron 30 veces desde el año 2003.
Como consecuencia de lo dicho la concentración de medios K en la grilla de la radio y la televisión es numerosa pese a que no dejan de victimizarse como acorralados por las aspiraciones “destituyentes” de los medios de comunicación. De las 15 radios AM con alcance la única opositora es Radio Mitre. Continental mantiene su independencia, El Mundo y Rivadavia conservan cierto grado de ambigüedad y el resto manifiestan dentro del variopinto universo K.

Otro tanto sucede con los canales progubernamentales donde además de la Televisión Pública y Encuentro, con mayor o menor énfasis están Telefé, Canal 9, Crónica TV y Canal 26. América TV y 24 transitan un espacio de mayor equidistancia y en la oposición lisa y llana actúan las cuatro señales del grupo Clarín (Canal 13, TN, Metro y Magazine) Por supuesto que en lo que a audiencias efectivas se refiere la influencia de la cantidad de medios a favor o en contra del gobierno no es lineal.

Justamente en la pelea por esa audiencia la última conquista del manejo informativo K fue la adquisición de varios medios del Grupo de Hadad. Entre otros C5N, el segundo canal de noticias del país y la compra de cinco señales radiales que incluyen a Radio 10, una emisora que acredita un fuerte liderazgo. Hadad venía haciendo equilibrios en su relación con el gobierno (que lo acusaba de apoyar a Scioli) y recientemente había sufrido un duro percance. Emisarios del poder lo obligaron a “cortar” y censurar en vivo un reportaje que Longobardi hacía a Alberto Fernández, luego de una crítica de Jorge Asís a la presidenta.

En la operación por 49 millones de dólares intervino Cristóbal López, un empresario del juego de Santa Cruz, históricamente protegido por Néstor Kirchner en la obra pública de aquella provincia. Propietario de 25 salas de juego (14 casinos y 11 tragamonedas) López ampliaría luego sus negocios a ámbitos tan diversos como el petrolero, bancario, el sector agropecuario y el del transporte entre otras actividades. Una autentica promoción de la “burguesía nacional”, seguramente nos dirá el relato.

Manejando a su antojo la pauta publicitaria oficial el gobierno también se procura un trato preferencial en las publicaciones, extendiendo su influencia a diarios como Página 12, Ámbito Financiero y Crónica o a través de grupos empresarios como el de Vila- Manzano, el de Electroingeniería , Moneta y el de Szpolski. Este último además de controlar Canal 23 y Radio América, saca los diarios Tiempo Argentino, El Argentino y Miradas al Sur. Es propietario, también, de las revistas 7 Días, Ventitres, News Week y Forges, entre otras.

Otro de los recursos utilizados para controlar y condicionar a los medios es la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) que aplica las restricciones  normativas solo a los medios opositores y hace la “vista gorda” con los medios que los apoyan. Dada la potestad que el organismo tiene sobre el otorgamiento o concesión de licencias, un mecanismo de control paraestatal arbitrario, es el de no desaprobarlas ni aprobarlas. Se mantiene así a los adjudicatarios en un limbo legal que los debilita y hace altamente vulnerables al chantaje en materia informativa.

Por supuesto que reconocemos el derecho de este gobierno como el de cualquier otro a ser apoyado en su gestión por quien quiera hacerlo y más allá de los canales formalmente oficiales como la Televisión Pública, el Canal Encuentro; Radio Nacional, Agencia Télam y otros medios. Lo objetable es el uso discrecional y tendencioso del dinero público que se ampara en la ausencia de una Ley que regule un uso equitativo de la publicidad oficial. Se  debe, además, reglamentar, para que no sea letra muerta, el Decreto 1172/03 de acceso a la información pública, que obliga a los funcionarios a dar la información requerida.
La política como instrumento de mediación y arbitraje de los intereses que anidan en la sociedad necesita de una información no sesgada y al alcance de todos. Aunque la última palabra siempre sea de la justicia, es saludable que la investigación periodística indague sobre lo que el poder y su propaganda quieren ocultar. Cada vez es más imprescindible desnudar los artilugios del doble mensaje que articulado en torno a causas justas oculta objetivos que son inconfesables. Los controvertidos temas como el de Papel Prensa y la Ley de Medios deberían ser abordados desde esta perspectiva pero exceden a esta nota.

La ausencia de transparencia y discrecionalidad en el manejo de la pauta de la publicidad oficial; la creación, coaptación y concentración de publicaciones, radios y canales y; la inequidad de organismo de control (AFSCA);  no son hechos aislados. Responden a una clara estrategia comunicacional del gobierno que apunta a monopolizar la palabra en un sentido restrictivo y excluyente. Son caminos diversificados para ese único propósito que nace en el atril de la palabra presidencial: la intención de no dialogar. Ese silencio que el aplauso del elenco estable que la acompaña a todos lados ni tapa ni puede disimular.

La vocación presidencial por el monologo y la clase magistral acompañado por el rechazo a la pregunta periodística es, por lo tanto, algo más que un estilo de la palabra oficial. Es el punto de partida de una voluntad que se bifurca en múltiples atajos a través de los cuales el gobierno quiere condicionar, opacar y limitar la libertad de expresión. Un objetivo que parece imprescindible  para encorsetar la realidad en los estrechos parámetros de un relato que no se compadece con la misma, o que quiere inventarla. ¿Cómo en el INDEC?